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A ver si nos aclaramos

Sensación, percepción y estupidez

El sonido es una sensación. Es decir, es la respuesta que da un órgano sensorial  ante un estímulo apropiado. O dicho de otra manera: el oído (órgano sensorial) responde produciendo sensación de sonido cuando recibe un estímulo vibratorio. 

Nuestros sentidos están especializados en la respuesta a distintos tipos de estímulos: así, por ejemplo el olfato y el gusto responden a provocadores químicos,  mientras que la vista lo hace a estímulos electromagnéticos, el tacto al contacto directo de la piel con el exterior y el oído se activa ante los movimientos vibratorios que recibe, sean del exterior, a través del aire que mueve la membrana timpánica, o sean del interior, a través de las vibraciones óseas que le llegan.
Pese a que cada uno tiene sus receptores, sus estímulos desencadenantes y sus vías de acceso al cerebro, en situaciones naturales los sentidos responden de manera asociada. (Si nos presentan un filete de carne de color verdoso, no esperaremos a que los receptores químicos nos avisen de su mal sabor sino que nos habrá bastado la información electromagnética para descartar su ingesta.) 
Etimológicamente sinestesia, (del griego συν, ‘junto’, y αισθησία, ‘sensación’) es la mezcla de sensaciones de sentidos diferentes. Si los colores producen sensaciones auditivas  o los sonidos se ven, se está produciendo una sinestesia. 
Cuando a partir de una vibración anticipamos cuáles pueden ser las características de su fuente, es decir asociamos el sonido a características de tipo visual (tamaño, forma) o táctil (peso), también estamos respondiendo con más de un sentido, aunque esto no sean sinestesias  sensu stricto.   
Ahora bien, advertimos, aunque el lector avezado ya habrá reparado en ello, que expandir el término sinestesia de tal manera que diera cabida también a asociaciones del tipo “el color amarillo suena agudo”, o “algo muy grande suena grave” o cuando nos referimos a la voz como  dulce, agria o áspera o cuando además imaginamos un cuerpo para una voz o somos capaces de oír el estado emocional, o de prejuzgar características personales del hablante,  supondría saltar del terreno de las sensaciones al de las percepciones. Si nos remitiéramos al D.R.A.E. no habría problema pues las definiciones de una y otra son intercambiables, pero si acudimos a los “neuroexpertos” nos encontraremos con que percibir es una actividad más compleja que sentir, y que además, la distinción entre una actividad y otra, aún cuando sólo se establezca en un continuo que iría de los simple a lo complejo, es decisiva para poder entender el funcionamiento de los organismos vivos. 
La sensación es una actividad previa, que “anida” en la actividad perceptiva y que puede producirse sin esta última. Piénsese por ejemplo en la estimulación subliminal, es decir por debajo de los límites perceptivos, aunque en esas situaciones el sujeto no sea capaz de darse cuenta de la sensación, es decir de percibirla, los efectos de la sensación están igualmente presentes, y desencadenan las respuestas que desencadenaría el estímulo percibido.Buena parte de lo que llamamos intuición obedece a este mecanismo, hay determinados estímulos sensoriales que no alcanzan la conciencia, pero que sí se han sentido (se han recogido sensorialmente), estas sensaciones no conscientes nos llevan a decir que teníamos un pre-sentimiento, una “pre-percepción”, o a notar agrado o desagrado incluso cuando conscientemente creemos no saber a qué es debido, es decir ha habido sensación, pero no ha alcanzado a la corteza consciente.
En el lóbulo parietal inferior convergen las informaciones visuales, somestésicas, vestibulares y auditivas.  Es decir, que las vías aferentes, las que trasladan la información desde los receptores sensoriales hacia la corteza, se juntan en estas estructuras. Pero aún hay más, la percepción resultante no es una simple combinación de dichos estímulos sensoriales, sino que la corteza cerebral actúa, vía eferente, sobre ese cóctel de sensaciones con el fin de dar un resultado satisfactorio.  Y un resultado satisfactorio a nivel cerebral no es un resultado que sea necesariamente fidedigno en cuanto a copia de lo exterior, sino un resultado que sea coherente con la información previa disponible, que no tenga huecos. Y, sobre todo, que sea funcional de cara a mantener la homeostasis. 
Incluso en los mecanismos perceptivos más simples podemos observar lo anterior en numerosos ejemplos, los clásicos juegos visuales donde la percepción no nos deja “ver” que dos líneas tienen la misma longitud cuando en sus puntas se colocan ángulos en una dirección u otra, o en el efecto de la restauración de fonemas (Francisco J.Rubia) que nos hace rellenar los huecos que tapa el ruido en una conversación y creer que hemos escuchado la palabra completa, hasta en fenómenos más complejos como el mantenimiento de creencias que o bien no encuentran respaldo alguno en la realidad sensorial, o bien incluso la contradicen, nos encontramos con un cerebro que no se contenta con procesar, sino que interviene activamente aportando cuanto tiene a mano para darle un sentido a lo que percibe.
 La percepción de la voz tiene en común con la percepción del resto de sonidos, que en el proceso intervienen simultáneamente fenómenos de tipo físico: características de la onda sonora dependientes de la fuente que la produce y del medio por el que se transmite, sensorial :sensaciones producidas por las características físicas en el receptor sensorial( sistema auditivo),  y de tipo perceptivo: asociación con sensaciones provenientes de otras vías sensoriales, integración de información previa, atribución de una fuente, atribución de sentido… Es decir que en el plano perceptivo se ponen en marcha los procesos complejos que ocurren a nivel cerebral y que asocian la información sensorial de distintos canales y la completan o retocan con  factores que emanan del aprendizaje.  
La diferenciación de estos tres niveles ( físico, sensorial y perceptivo) y el estudio de las correlaciones entre ellos facilita el estudio de la voz ya que permite abordar de una manera sistemática la voz en todas sus dimensiones sonoras. Y además nos abre la posibilidad de hacerlo tanto desde el emisor como desde el receptor, con lo cual se sitúa de pleno en el marco apelativo que establecíamos en el artículo anterior y sin perder ni un ápice de inmanencia.

Mucha de la confusión terminológica que encontramos en los tratados de técnica vocal se deriva de la mezcla entre los planos físicos y sensoriales, a los que suele sumarse un desconocimiento anátomo-fisiológico, con lo cual no es raro encontrar consignas que, por ejemplo, invitan a buscar resonadores en el vientre o en la espalda o a realizar emisiones con la “glotis relajada”. 
Para evitar frustraciones ante lo que podrían parecer metas inalcanzables a cualquier mente racional, bastaría con advertir ante ese tipo de consignas que lo que se está buscando, y lo que se puede encontrar, está más cerca del plano perceptivo que del puramente sensorial, es decir que las presuntas sensaciones serán la consecuencia corporal de la puesta en marcha de herramientas mentales (tipo imaginación), que modificarán el estado general del cuerpo, repercutiendo en los verdaderos órganos de resonancia, pero que en realidad (es decir, en la realidad del cuerpo inmanente y en la realidad de la física acústica), ni el vientre ni la espalda producen resonancia ni es posible emitir con la glotis relajada (sobre todo porque la glotis no es un órgano sino un espacio virtual). 
Parece bastante obvio que para entendernos debamos usar un diccionario común. Sería pues absolutamente necesario no mezclar terminología, es decir no hablar de resonancia cuando no se está haciendo referencia a la resonancia sino a las sensaciones de vibración, o no utilizar el término glotis si a lo que queremos referirnos es a las bandas ventriculares, o no utilizar relajación cuando queremos decir eutonía. 
Los términos técnicos, sean acústicos (resonancia), anatómicos (glotis) o psicológicos (sensación),  tienen un significado bien delimitado, denotativo, acotado, específico, y que está aceptado y compartido por la comunidad científica, eso garantiza que pueda haber comunicación, intercambio de datos, validación o refutación de investigaciones. Hacer un uso no riguroso de los términos técnicos supone invariablemente crear confusión. 
En palabras de Cippola, podríamos decir que el uso no riguroso del vocabulario técnico es un comportamiento estúpido ya que perjudica a otros , en este caso a quienes necesitan de esas palabras para entenderse, sin que el “confundidor” obtenga beneficios.

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