MASETEROS: LOS MÚSCULOS DE LA CREDIBILIDAD

Cada cual tenemos una zona o zonas de nuestro cuerpo que utilizamos para gestionar la tensión y mantener el control. Zonas que actúan como pararrayos: atraen y canalizan los elementos estresantes.

En muchas ocasiones esos “pararrayos” tiende a localizarse en la musculatura facial. En concreto en los maseteros y pterigoideos. Si ahora mismo te pidiera que pusieras cara de estar experimentando rabia, impotencia o frustración, seguro que serían esos músculos los que apretarías.

Aunque solemos utilizarlos para contener nuestras explosiones emocionales o para marcar territorio ( igual que hacen, por ejemplo, los perros), lo cierto es que su función principal es, por un lado, mantener la mandíbula elevada, de tal manera que no estemos con la boca abierta poniendo la típica cara de habernos quedado “embobados” y, por otro, participar en la masticación.

Son músculos muy fuertes, de hecho se dice que los maseteros son los músculos más potentes de nuestro cuerpo. Sean o no los más “cachas”, lo cierto es que al pasarse todo el día trabajando no necesitan un plus de entrenamiento. Y el chicle, las pipas, el morderse las uñas o el mordisquear el boli son actividades que les exigen un trabajo extra y que, por tanto, los fuerzan en exceso.

Cuando los sobre-entrenamos con esas conductas van perdiendo flexibilidad, volviéndose cada vez más rígidos, manteniendo su nivel alto de contracción durante más y más horas del día y de la noche, de hecho, el bruxismo (apretar y rozar los dientes), no es otra cosa que la consecuencia de unos maseteros demasiado activos.

Además de las consecuencias de las que ya hablé en otra entrada( dolores de cabeza, de cervicales, cansancio, desgaste de piezas dentarias, mandíbula que produce ruido o se desencaja….), cuando están demasiado rígidos nos restan expresividad facial y, lo que aún es, si cabe, más grave: nos roban credibilidad.

Y es que una cosa lleva a la otra, si limitamos nuestros micro-gestos, es decir si perdemos expresividad facial, dejamos de transmitir una información valiosísima para nuestros interlocutores: nuestras emociones.

La frescura y rapidez que poseen las micro-expresiones y su eficacia para transparentar las reacciones emocionales es incompatible con una musculatura facial contraída y endurecida. Y sin esas “pistas” todo cuanto digamos perderá eficacia comunicativa.

A ello se suma que mantener los maseteros apretados es casi un gesto de desconfianza hacia el propio pensar o sentir. Con ellos nos cerramos literalmente la boca, impidiendo o dificultando que salgan espontáneamente los vehículos de nuestras ideas o sentimientos: las palabras.

Unos maseteros constreñidos dicen: “tranquilo, yo vigilo para que ningún imprevisto se cuele”. Y esa labor de vigilancia informa a quien nos escucha y a nosotros mismos, de que estamos en alerta, controlando qué decimos, poniendo una aduana entre nuestro pensar o sentir , y nuestra expresión.

Así que si quieres resultar creíble es importante que cuides de que tus maseteros permanezcan elásticos.

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